Misterios de la pintura

Miscuadros.net  abre este apartado con la intención de contribuir, modestamente, a una aproximación de algunas  obras de la  pintura. Lo iniciamos con obras del periodo expresionista, por ser uno de nuestros favoritos, y creemos  que no existen muchos análisis de este periodo.  Siempre detrás de una cuadro hay una historia.


OTTO DIX
“Tríptico de la gran ciudad” 1928

Boceto

Cuando Otto Dix terminó su tríptico,  los “locos años veinte” estaban en su pleno apogeo. Berlín se movía a ritmo de charlestón, claqué y el jazz había llegado hasta la ópera. Sin embargo, los efectos de la guerra perdida, todavía se dejaban sentir diez años después del armisticio: los veteranos mendigando en las calles, los tullidos y las víctimas de la inflación contrastaban brutalmente con el frenesí y la sed de diversión de la gran ciudad. Dix ha plasmado esta oposición en su genial retablo profano
 




Los tullidos: Este cuadro fue pintado después del armisticio, pero la guerra sigue siendo omnipresente en él: en el ala derecha se ve un tullido sin piernas con el rostro remendado, en el ala izquierda un hombre con uniforme caído en el suelo y delante de él un inválido de la guerra con las piernas de palo que avanza con la ayuda de las muletas.

            La guerra era el recuerdo  que le perseguía, los horrores , la destrucción y el sufrimiento siempre estuvieron presentes no solamente en él, sino en todos los artista de la Alemania de entreguerras.


El negro:  Resulta curiosa la imagen de este personaje de color en esta obra, más cuando en aquella Alemania ya había una cierta aversión a los negros y a los judíos, puesto que una parte de la población pensaba que estas personas amenazaban a la raza germánica. En la parte central de la obra se siente el sonido de la música, pero esa música que suena no es europea había llegado del otro lado del Atlántico y era una creación de los afroamericanos y Dix no podía eludir este detalle.





El jazz y el charlestón:  El jazz había traído a la vieja Europa una nueva forma de expresión musical. Los instrumentos musicales (véase los que aparecen en el cuadro: los distintos instrumentos de la familia de los saxofones) no eran los utilizados en la cultura musical europea, por lo tanto era una música con una nueva sonoridad hasta hora nunca escuchada (véase la sorpresa del personaje detrás del piano) que rompía de forma radical el concepto tímbrico que se tenía en Europa.

            Dix tiene la sutileza, no solamente de mostrarnos una escena musical de la época, sino que nos dice la música que está sonando en el cuadro. No hace falta ser un especialista en música para darse cuenta de que la posición de las piernas de la señorita que baila nos indica claramente que está bailando un charlestón.






El pelo corto:  Aquella música llevaba aparejada una estética. Dix no desaprovecha la ocasión para mostrarnos como habían cambiado las cosas después de la guerra. La ropa y los peinados que aparecen en el cuadro eran una muestra clara de la ruptura. Hasta entonces las mujeres europeas no habían podido enseñar tanto las piernas. Las faldas subieron desde los tobillos a encima de las rodillas, los vestidos se volvieron rectos, disimulando e incluso suprimiendo el pecho. El pelo, principal rasgo del erotismo femenino, sufrió un cambio drástico, se recortó según el modelo masculino: el corte “à le garçon”.

Pero esta figura femenina que está de pie en el centro del cuadro también encierra a su vez una visión femenina opuesta. Sería la vampiresa,  la devoradora de hombres personificada más tarde por Marlene Dietrich. No era una estética nueva pero muestra una mujer que no se sometía a los hombres. Dix mezcla en esta figura femenina la vampiresa por el abanico de plumas y su maquillaje pero también  a la nueva mujer de pelo corto, vestido suelto y cuerpo atlético.


Conclusión: Algunos críticos han señalado que en esta obra Dix podemos establecer asociaciones de tipo religioso no sólo por el formato del retablo sino que se pueden interpretar en algunas de sus figuraciones: las mujeres del ala derecha, superpuestas sin perspectiva, evocan los grupos de ángeles de los pintores medievales, mientras la mujer del centro sostiene el abanico de plumas como una aureola. El inválido de  la izquierda no está clavado en la cruz pero también está atado a la madera. Este comentario puede ser o no acertado pero Dix vivió durante mucho tiempo junto a una iglesia gótica.

            Fue expulsado de la Academia con la llegada de los nazis y se le acuso de “atentar gravemente contra las buenas costumbres  del pueblo alemán” su arte se consideró degenerado.


Edwar Hopper:  " Aves nocturnas "




El poeta norteamericano Mark Strand ha realizado un fino análisis de la obra de Hopper, la cual  en líneas generales la identifica con el silencio. “ El silencio que acompaña nuestra observación parece crecer” .

 De los escritos de Strand extraigo algunos comentarios sobre “Aves nocturnas”.

"Hay tres personas  sentadas en lo que debe ser una cafetería de 24 h. Aunque ocupado, un camarero vestido de blanco mira a uno de los clientes. Este, sentado junto a una mujer de aspecto distraído, lo mira a su vez. Otro cliente, de espaldas a nosotros, dirige su mirada hacia la zona en que se encuentran el hombre y la mujer.

“ Se trata de una escena que cualquiera hubiera podido encontrar en una ciudad americana de los años cincuenta. No hay nada amenazador, nada que sugiera que el peligro acecha a la vuelta de la esquina. La tranquila iluminación interior de la cafetería derrama densidades de luz sobre la acera adyacente. Es como si la luz fuese un agente purificador, puesto que no hay rastros de suciedad urbana.

El elemento dominante de la escena es la gran ventana a través de la cual vemos el interior de la cafetería; esta abarca dos terceras partes del lienzo, conformando una figura geométrica, un trapecio isósceles que establece la direccionalidad de la pintura con relación a un punto de fuga que no puede ser visto, y que ha de ser imaginado.

Mirando este cuadro quedamos suspendidos entre dos imperativos contradictorios; uno, gobernado por el trapecio, que nos apremia a seguir adelante, y el otro, dominado por la imagen de un lugar iluminado en medio de la ciudad oscura, que nos incita a permanecer.

En este caso, igual que en otros cuadros de Hopper en los que las calles o las carreteras juegan un papel importante, no hay coches a la vista. No hay nadie con quien compartir lo que vemos, nadie ha llegado antes que nosotros. La soledad del viaje, junto con nuestro sentimiento de perdida y de pasajera ausencia, se harán inevitablemente presentes".

Hopper, Marck Strand. Ed. Lumen




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